Mi cerebro me gritaba, me maldecía, me ordenaba que huyera de allí, que huyera de mí misma, que me alejara, que dejara atrás el dolor. Que no tenía sentido ser como era, y que me lo estaba buscando yo solita, su voz como una retahíla en mi cabeza, como cristales brillantes rechinando entre sí. Demasiado llamativo como para no hacerle caso, pero con demasiada experiencia como para aún así, pensármelo dos veces.
Porque al mismo tiempo, una pequeña parte de mí, demasiado marchita, demasiado pisoteada, me pedía que me quedara. "Siéntate, preciosa, toma otra copa más". Yo estaba tentada de responderle como siempre, con un bufido y un gesto obsceno, pero esta vez no fue así. Esta vez se lo debía. "Sólo por esta vez, Corazón. Para ver qué se siente.". Para ver lo que se experimentaba cuando estabas en mitad de un huracán y tú te limitabas a mirar. Cuando un terremoto hace añicos un edificio, y tú te sientas a contemplar la función. Sin preocuparte de lo que te pueda ocurrir. Sin importarte los estragos que puedas sufrir.
Aquel día aprendí dos cosas del Corazón: aprendí a no preocuparme por el futuro y a no hacerle caso nunca más.
Después de todo, quizá había un motivo para que estuviera maltrecho y remendado. Tal vez influía el hecho de que él y yo nos tratáramos a patadas. Corazón no me tenía mucho aprecio, y yo a él tampoco. Por eso mismo lo admiraba, en secreto. Porque estaba consiguiendo sobrevivir a todas las putadas que yo le hiciera. Porque seguía latiendo, yendo hacia delante, hacia ese futuro incierto en el que no se paraba a pensar. Y eso era digno de ser admirado, aunque nunca fuera a reconocerlo.
miércoles, 27 de junio de 2012
domingo, 27 de mayo de 2012
Venganza
El frío se colaba por mis ropas y mordía mi piel,
entumeciéndome sin piedad. El viento helador que inundaba el cementerio iba
conquistando cada extremidad de mi cuerpo paulatinamente, y yo no me molesté en
oponer resistencia si eso implicaba dejar de sentir el dolor por un momento.
Porque mientras yo me encontraba en aquel lugar rodeado de
muerte y tristeza, más allá de esos muros una guerra estaba en marcha y a mí ya
me había arrebatado más de lo que nunca podría haber imaginado.
Era una guerra sin nombre, en un lugar cualquiera, en una
época al azar. Nada de eso tenía importancia. Lo único que realmente importaba
era el hecho de que ahí fuera la gente había dejado de ser ciudadanos para convertirse
en los miembros de dos bandos opuestos que luchaban por defender dos verdades
contrarias. Ambos, ilusos de ellos, estaban convencidos de su inminente
victoria, mientras que, en realidad, la única que llevaba las de ganar era la Muerte,
que se paseaba a sus anchas por las calles de la ciudad. Y, por supuesto, a Ella
le daba igual el bando al que perteneciera el difunto cuando se lo llevaba.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, y yo volví
a fijarme en las lápidas que me rodeaban. Había una en concreto, la que descansaba
frente a mí, que parecía gritarme que reuniera el valor necesario para bajar la
mirada y enfrentarme de nuevo a la realidad. Y yo la obedecí.
“Jem Meyer: hijo, hermano, amigo, soldado de las filas
rebeldes”, rezaba.
Mi garganta se hizo un nudo mientras leía la palabra hermano.
Parecía resaltar sobre las demás, hiriéndome, como si fuera afilada y abriera
cicatrices en mi interior. La culpa volvió a inundar mi pecho, y las lágrimas
me enturbiaron la visión.
Le había prometido que nada malo le pasaría, que la guerra
no acabaría con nosotros, pero no sabía lo equivocada que estaba. Nadie estaba
libre de culpa. Él por dejarse eclipsar por la falsa promesa de fama de la
guerra uniéndose a los Rebeldes. Ellos por armar a un niño de tan sólo trece
años. Yo por no saber nada y haber cometido el error de decirle dónde estaba
Jem a alguien que, sin yo saberlo, era su mayor peligro. Hablo del Capitán Mark
Johnson quién, antes de la guerra era sólo Mark, el chico que siempre había
estado allí para mi familia, que era mi mejor amigo y que había prometido
protegernos a mi hermano y a mí antes de que la guerra empezara. Él sabía que
mi hermano era un rebelde y, una vez que supo dónde encontrarlo, su prioridad
había pasado a ser acabar con lo rebeldes, aunque eso incluyera a mi
hermano.
- No pude protegerte – le confié a la fría lápida -. Pero
me aseguraré de vengarte – las lágrimas me robaron la voz. Tomé aire -. Te
quiero.
No tenía sentido posponerlo más, pensé, así que me dirigí
hacia el cuartel de Mark, con determinación en la mirada y una pistola cargada
en el bolsillo.
Cuando irrumpí en la sala, la sed de venganza era la que
controlaba mis movimientos, mientras que yo había pasado a ser una mera espectadora.
Entre las lágrimas que encharcaban mi mirada vi como la sorpresa en la cara de
Mark desaparecía, para dar paso a una pena fingida con la que le dijo a dos de
sus soldados que me dejaran pasar. Me dejé guiar en silencio hasta una
habitación, concentrada en el calmado pulso que vibraba en mis venas y en el
peso del revolver al caminar.
- Siento lo de tu hermano – mintió cerrando la puesta tras
de sí -. Si hay algo…
- No te molestes – le corté -. Sé que diste la orden para
que le dispararan.
Cuando él guardó silencio, la ira actuó en mi nombre. Cogí
la pistola con soltura y le apunté a la frente. Como si fuera algo normal. Como
si estuviera acostumbrada.
- Pierdes el valor cuando estás al otro lado del cañón,
¿eh?
- No, Caterina, no lo hagas. Compréndeme. Era mi deber y…
- Tenía trece años, Mark. ¡Trece! Era sólo un niño y tú lo
mataste.
- No apretarás ese gatillo, Caterina – el color había
desaparecido de su cara -. No eres capaz.
- ¿Ah, no? – esbocé una sonrisa rota -. Dile a mi hermano que
le quiero.
No cerré los ojos. No aparté la vista. Dejé que los
últimos segundos de vida del asesino de mi hermano se me quedaran grabados en
la retina, mientras apretaba el gatillo del revólver sin vacilar. La vida se le
escapó por el agujero de salida de la bala, manchando la pared detrás de él. Su
cuerpo sin vida se tambaleó y cayó hacia delante, como una hoja marchita
cayendo al suelo.
Solté el arma. Había sido rápido. Fácil. Casi tanto como respirar.
Me dejé caer al suelo, sin fuerzas algunas que me
sostuvieran, y rompí a llorar, mis hombros convulsionándose con fuerza. Los
soldados habrían oído el disparo, no tardarían en venir, pensé.
Y, por sorprendente que pareciese, a mí no me importaba.
domingo, 8 de abril de 2012
¿Alguien como él?
Las lágrimas le corrían por el rostro. Dejaban caminos oscuros de rímel tras de sí, marcándola, haciendo aún más obvio el hecho de que estaba llorando. De que era débil. De que esta vez, quizá no había vencido.
- Circe - su nombre, susurrado, casi convertido en un ronroneo. En una brisa cálida que le acarició los oídos y le animó a levantar la mirada. Ella no lo hizo. No quería que la vieran llorando. Ni siquiera ella. Ni siquiera alguien como Beta.
Una mano se enredó en su pelo, con la delicadeza del ala de un ave, y volvió a oír su nombre.
Se apartó con brusquedad. No quería su compasión. No quería que le dijera que sentía que la persona a la que más amaba la había traicionado. No necesitaba oír que lo sentía cuando eran unas palabras demasiado usadas, casi desgastadas, ya carentes de valor.
- Circe, no pasa nada - una pausa -. Encontrarás a alguien como él.
La risa subió por la garganta de la chica de golpe, y su tinte amargo abrasó las paredes de su garganta, hasta que el dolor la hizo estremecerse. Brotó de sus labios con una falsa alegría que puso la piel de gallina a Beta, una falsa alegría que parecía recomendarle que retirara sus palabras si todavía podía. Aquella crueldad melódica asustó lo indecible a Beta. Circe era destructiva, sí. Era cabezota como ella sola y, para qué negarlo, era una cabrona de cuidado. Pero nunca la había visto herirse a sí misma de aquella manera. Parecía peligrosa. Demente. Perdida. No como una bala perdida, si no como una bala mal conducida.
- ¿Alguien como él? - Beta se encogió. La sonrisa de Circe brillaba como el filo de un cuchillo. Igual de afilada. Igual de despiadada -. ¿Para qué coño quiero a alguien como él, eh, Beta? Me traicionó.
Cogió un trozó de adoquín que descansaba en el suelo y lo hizo volar por la calle vacía, hasta chocar contra la carrocería oxidada del coche destrozado del otro lado. Por un segundo pareció satisfecha con su lanzamiento. Como si en mitad de todo, por lo menos hubiera algo que seguía estando bien. Algo que tenía sentido. Entonces volvió a recordar la humedad de sus mejillas y su rostro se ensombreció.
- Hex me traicionó - repitió en un murmullo, para sí misma -. Me dejó tirada cuando se suponía que tendría que haber estado cubriéndome la espalda. Asegurándose de que nadie intentaba asesinarme, que es exactamente lo que ha pasado - se acarició la herida de bala del hombro con aire ausente, mientras su pecho volvía a vibrar con esa risa cruel -. Debería haber sabido que se aliaría con ellos. No importa que los cambiaformas sean monstruos sin compasión, ¿verdad, B? Ellos tienen poder y eso es lo único que a Hex le importa. El poder, y nada más. Y si en el proceso mueren todos tus compañeros, no tiene importancia. Es sólo uno de los contras que hay que aceptar.
Se limpió las lágrimas con la manga de su sudadera y se incorporó, completamente inexpresiva.
- Dime, Beta, ¿para qué coño quiero a alguien como él?
Se recolocó la chaqueta de cuero, cuadró los hombros y se levantó, como si nada hubiera pasado. Un escalofrío se entretuvo con la columna vertebral de Beta mientras ella observaba como Circe pasaba los dedos por su cinturón con sistemática costumbre, comprobando que su Colt seguía descansando sobre la cadera.
Avanzó un par de pasos, y volvió la vista sobre el hombro, esperando a que Beta se moviera. No le cabía la menor duda de que, si las circunstancias fueran diferentes, Circe habría continuado avanzando sin mirar atrás, sin esperarla. Pero no en aquel momento. No con un ejército de Cambiaformas yendo detrás de los pocos humanos que quedaban y, en espacial, del grupo rebelde, del que Circe y Beta formaban parte.
- ¿Mueves el culo o qué, Beta?
Su voz no indicaba que había estado llorando hacía unos segundos. Su mirada volvía a ser dura como una roca. La sonrisa sarcástica había vuelto a bailar en sus labios. Eso era todo lo que había tardado en superar una traición y una ruptura. Unos escasos 10 minutos.
Circe era así, se dijo Beta.
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