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martes, 21 de agosto de 2012

Encuentros desafortunados


La mirada de Circe se deslizó por aquel cruce de calles perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si no supiera que Hex la estaba esperando escondido en aquel mismo sitio, como si no fuera consciente de que él la podría matar en cualquier momento.
Parecía muy tranquila. La pistola cargada en la mano. El rostro completamente imperturbable. Su pecho subía y bajaba despacio, con calma. Nadie diría que acaba de emprender la carrera de su vida, tan rápido como su cuerpo le había permitido, e incluso más. Nadie diría que el pulso le latía bajo la piel tratando de imitar el frenético ritmo del aleteo de un colibrí. Nadie diría que estaba ahí para matar a la persona a la que antes había creído querer, pero sin embargo, así era.
Enfrente de ella el esqueleto de un edificio vacío se alzaba, con fragmentos de cristales pendiendo de sus ventanas que la observaban como decenas de ojos. Unos pasos más allá un semáforo colgaba en mitad de la calle, torcido y cabizbajo. Las líneas de la carretera se asomaban débilmente entre los montones de escombros que decoraban el suelo. Asimiló cada uno de los detalles de la ciudad moribunda que la rodeaba, pero no encontró ni el más mínimo indicio de que Hex estaba ahí. Pero ella sabía con una certeza abrumadora que el chico estaba ahí, observándola. Lo sabía. Porque ella, al contrario que él, no se había tomado la molestia de esconderse. Aquello sólo habría sido una pérdida de tiempo. Algunos podrían pensar que era una insensata. Que aquello era un suicidio. Que no sabía lo que hacía. Pero no era así.
- No deberías estar aquí - susurró una voz esperada a su espalda. Una advertencia, dura y fría, metal líquido invadiendo los oídos de la chica.
Circe se mantuvo de espaldas, sin mirarle siquiera. Sus labios esbozaron una sonrisa taimada apenas perceptible. Sus dedos acariciaron la pistola que estaba sosteniendo. No tembló. No se inmutó. No se sobresaltó. ¿Por qué iba a hacerlo? Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba allí. Lo suficiente como para saber que en ese mismo instante la estaba apuntando con una pistola. Lo suficiente como para saber qué iba a hacer, qué iba a decir, cómo iba a actuar. La traición no lo había hecho menos predecible.
- Yo podría decirte lo mismo. ¿Qué diría el líder de esos monstruos a los que ahora llamas aliados si supiera que has venido a charlar conmigo?
Casi pudo oír cómo apretaba las mandíbulas a sus espaldas.
- Esto no es una reunión para hablar del tiempo o de cómo nos va la vida, imbécil. Estoy a punto de matar a una de las rebeldes más peligrosas, y seré recompensado por ello.
- ¿De las más peligrosas? - rió con suavidad -. Piropos así no, cariño, vas a hacer que me sonroje.
- Te estoy hablando en serio, Circe - gritó él - ¿Me oyes? ¡Te estoy apuntando con una pistola, Circe! ¡Con una jodida pistola! De las que quitan la vida y hacen llorar. De las que matan. ¿Y tú te lo tomas a broma? Sigues siendo la misma chica gilipollas con complejo de mártir. Dime, Circe, ¿seguirás siendo así cuando haya vaciado el cargador de la pistola en tu pecho?
Escuchó cómo la grava del suelo se movió al dar un paso.
- Dime, ¿qué crees que se siente al saber que la persona a la que querías no dudará a la hora de disparar?
Esa era la mayor habilidad de Hex. Ni disparar, ni pelear. No había nadie que hiriera con palabras mejor que él. Nadie inyectaba hiel al hablar como él. No importaba que a Circe le hubiera dolido. Daba exactamente igual que aquel puñado de palabras se hubiera clavado en su interior como cuchillos. Lo único relevante era que él no supiera la magnitud de sus palabras.
Así que se dio la vuelta. Con la mirada limpia y clara, como si sus palabras le hubieran dado aún más confianza, más arrogancia de la que ya tenía de por sí. Sólo tenía que creerse su papel, fingir que todo eso no le importaba lo más mínimo, aguantar un poco más. Luego podría desmoronarse todo lo que quisiera por lo que sabía que iba a hacer. Después de todo, ya lo había dicho Hex. Aquello no era una reunión para hablar del tiempo. Ambos sabían para qué habían ido allí.
- Dime una cosa, Hex.
Le miró a los ojos. Uno del color azul del cielo. Otro del color castaño de su pelo. Tenían algo que aún entonces la atraía como un imán. No era algo físico, sino una especie de magnetismo del que ella había creído librarse hacía mucho tiempo. Era como un hechizo, como un maleficio, le había dicho una vez. "Maleficio, ese debería ser tu nombre". Y así había sido. Ella le había dado un nombre. Ella le había dado alguien en quién confiar. Le había dado una compañera. Una amiga. Mucho más que eso. Y todo eso se había convertido en nada.
- ¿Por qué?
Él pareció sorprendido. Quizá no esperaba que nadie le hiciera esa pregunta. Tal vez esperaba que Circe soltara algo tratando de irritarlo. A lo mejor tan solo buscaba una excusa para apretar el gatillo sin sentirse culpable después. Había un millón de posibilidades, pero ninguna parecía satisfacer a Circe.
- ¿Por qué lo hiciste? - su voz casi se rompió, convertida en un montón de añicos tras los que se adivinaban las lágrimas. Casi se podía entrever, con mucho esfuerzo, lo difícil que le estaba siendo enfrentarse a todo aquello. Casi, pero no del todo.
Ella seguía con la mirada clavada en la suya, ignorando por completo que tenía el cañón de aquella pistola a escasos centímetros de su frente.
- ¿Qué coño te hizo pensar que era buena idea aliarte con ellos? ¿Pensaste en toda la gente a la que estabas condenando con tu traición? ¿Eh? Paw. Zar. Fawn. Lucca. Yo.
- Cállate.
- ¿En algún momento ha significado algo para ti la palabra compañerismo? ¿Lealtad?
- ¡He dicho que te calles!
Veía la forma en la que la sangre ardía en sus venas, el brillo metálico producido por la ira en sus ojos. percibió cómo se tensaban su manos alrededor del gatillo, cómo las ganas de apretarlo aumentaban. Qué fácil sería para él hacerla callar, pensó. Un disparo, y todo estaría solucionado. Circe estaría muerta, y el capitán Venom le recompensaría por ello. Sin embargo, los dos sabían que sería muy difícil sobrellevar la culpa después. Estaba lejos de tener nada que ver con el amor, si no más bien con el haber sido compañeros. Ese anticuado "Cúbreme las espaldas" que creaba vínculos se encargaría también de crear remordimientos. Pero si Venom se enteraba de que había tenido la oportunidad de matarla y no lo había hecho, el que acabaría con una bala instalada en su cerebro sería él.
Qué fácil sería para él hacerla callar, volvió a pensar, como si por fin fuera consciente de ello. Sólo un pequeño movimiento y fin. No necesitaba nada más.
Y en ese momento, a pesar de la situación en la que se encontraba, y con una curiosidad morbosa guiando sus pensamientos, Circe tuvo curiosidad por saber cómo acabaría todo aquello.
- ¿Quieres saber por qué lo hice? - una risa cruel -. Digamos que valoré más la vida que eso que tú llamas lealtad.
Dio otro paso hacia delante.
- ¿No te das cuenta, verdad, Circe? Estáis peleando por una causa que ya está perdida. Lo está ahora y lo estaba en el momento en el que empezasteis. Los rebeldes no tendréis un final feliz. Siendo optimistas, alguien enterrará vuestros cuerpos. Y si nos ponemos en lo peor, vuestros cadáveres se amontonarán en un callejón oscuro y seréis la próxima comida de alguna rata. Pero no hay ninguna posibilidad de que salgáis de esta guerra con vida. No en el bando en el que estáis. No después de todo lo que habéis hecho.
Hex inspiró, con fuerza.
- Así que, por si te lo preguntas, no. No me arrepiento de haberos traicionado - le quitó el seguro a la pistola -. Míralo desde este punto de vista. Al menos alguien irá a dejaros flores.  
Quizá ya iba siendo hora de que apartara los ojos de Hex y empezara a concentrarse en la pistola. Iba a disparar. Iba a morir, joder. ¿Y eso era todo? ¿Ni un adiós, ni un "Ha sido un placer conocerte"? Se le escapó un resoplido de frustración, que hizo que él arqueara una ceja.
- ¿Qué? - lo preguntó a regañadientes, como si no estuviera del todo seguro de querer saber qué pasaba por la mente de la chica.
- Estaba pensando - una risa ligeramente histérica brotó de su garganta - que la muerte no se ve igual desde el otro lado de la pistola.
Hex se quedó extrañado. ¿Eso era todo? ¿No pensaba escapar? ¿No pensaba quitarle el arma de las manos y ganar ella la partida? ¿No iba a luchar? ¿No iba a intentar salir con vida de aquello? ¿Eso era todo?
Inspiró con fuerza. Acercó el índice al gatillo. Mejor así. Sería más fácil si ella no luchaba. Porque tenía que hacerlo. Debía hacerlo. Era él o ella. Él o ella. Él o ella.  Soltó el aire y abrió los ojos, aunque ni siquiera se había dado cuenta de que los había cerrado.
Iba a hacerlo.
- Ha sido un placer - musitó él.
Un brillo de humor se encendió tras los ojos de ella y él estuvo tentado de volver a preguntar, pero no tenía sentido posponerlo más.
Ella no cerró los ojos. No era su estilo apartar la mirada. Girarle la cara a la mismísima Muerte debía de ser una falta de educación en toda regla, pensó Circe, y ella no era tan maleducada.
Hex volvió a tomar aire.
Él o ella.
Suspiró. Bajó el arma.
- Lárgate. Vete. Por tu bien, más vale que no nos volvamos a ver, porque entonces te dispararé.
Y se fue.
¿Él o ella? A pesar de todo, la respuesta seguía siendo ella. Siempre.




(Lo siento si ha sido una entrada excesivamente larga, no he podido acortarla de ninguna manera. Mil gracias por haber leído hasta aquí, en serio)

miércoles, 25 de julio de 2012

Errores inevitables.

Beta corría todo lo rápido que podía. Los músculos le chirriaban, le ordenaban que se detuviera, le pedían piedad a gritos. Pero ella no tenía tiempo de detenerse, ni siquiera de escuchar las demandas de su propio cuerpo. Tenía que seguir adelante.
- Tengo que encontrar a Hex - le había dicho Circe unos minutos antes -. Tengo que acabar con él. Sé donde está.
- No tienes que hacerlo, Circe.
Ella ya se había dado la vuelta.
- ¡Circe!
Cuando Beta agarró a Circe por la muñeca, supo que ella era lo único que la retenía ahí. Podía sentir el frenesí que latía bajo la piel de Circe, notaba como la instaba a moverse, a salir disparada, a correr. Oía cómo cada pulsación le hablaba, convenciéndola de que nada malo iba a pasar. Beta casi era capaz de escuchar sus pensamientos, una retahíla de frases inconexas que derivaban en la misma idea. Venganza. Paz. Protección.
Por ese motivo, cuando abrió la boca para hablar, lo hizo a la desesperada. Era un último intento de evitar que Circe cometiera un error que ambas sabían que iban a cometer. comprendió que no había manera de evitarlo. Porque, si Circe conseguía reunir el valor suficiente como para apretar el gatillo y matar a Hex ¿quién saldría más herido? ¿Sería Hex, quien la había traicionado, o la propia Circe, al ver su sangre en sus manos?
- No lo hagas - un susurro. Una petición. Una súplica. 
- Tengo que hacerlo, ¿me has oído? - le había gritado, sacudiéndose su mano de encima -. Y tengo que hacerlo antes de que llegue hasta esos monstruos hijos de puta, antes de que piense siquiera en delatar dónde se encuentra nuestro escondite.
- Él no...
- No te equivoques, Beta. Las dos sabemos que sí que lo haría. En el preciso instante en que decidió traicionarnos se convirtió en el enemigo. Él ha elegido su bando, y tiene que enfrentarse a las consecuencias. Yo me ocuparé de él - no vaciló en ningún momento, sus ojos de hielo clavados en los de Beta -. No estás lejos de la plaza, avisa a Paw. No me sigas.
- Pero...
-¡Avísale!
Y entonces, Circe había echado a correr. Hacia el lugar dónde más cambiaformas había, el más peligroso con diferencia, mientras Beta intentaba hacerse a la idea de no saber si volvería.

domingo, 8 de abril de 2012

¿Alguien como él?

Las lágrimas le corrían por el rostro. Dejaban caminos oscuros de rímel tras de sí, marcándola, haciendo aún más obvio el hecho de que estaba llorando. De que era débil. De que esta vez, quizá no había vencido.
- Circe - su nombre, susurrado, casi convertido en un ronroneo. En una brisa cálida que le acarició los oídos y le animó a levantar la mirada. Ella no lo hizo. No quería que la vieran llorando. Ni siquiera ella. Ni siquiera alguien como Beta.
Una mano se enredó en su pelo, con la delicadeza del ala de un ave, y volvió a oír su nombre.
Se apartó con brusquedad. No quería su compasión. No quería que le dijera que sentía que la persona a la que más amaba la había traicionado. No necesitaba oír que lo sentía cuando eran unas palabras demasiado usadas, casi desgastadas, ya carentes de valor.
- Circe, no pasa nada - una pausa -. Encontrarás a alguien como él.
La risa subió por la garganta de la chica de golpe, y su tinte amargo abrasó las paredes de su garganta, hasta que el dolor la hizo estremecerse. Brotó de sus labios con una falsa alegría que puso la piel de gallina a Beta, una falsa alegría que parecía recomendarle que retirara sus palabras si todavía podía. Aquella crueldad melódica asustó lo indecible a Beta. Circe era destructiva, sí. Era cabezota como ella sola y, para qué negarlo, era una cabrona de cuidado. Pero nunca la había visto herirse a sí misma de aquella manera. Parecía peligrosa. Demente. Perdida. No como una bala perdida, si no como una bala mal conducida.
- ¿Alguien como él? - Beta se encogió. La sonrisa de Circe brillaba como el filo de un cuchillo. Igual de afilada. Igual de despiadada -. ¿Para qué coño quiero a alguien como él, eh, Beta? Me traicionó.
Cogió un trozó de adoquín que descansaba en el suelo y lo hizo volar por la calle vacía, hasta chocar contra la carrocería oxidada del coche destrozado del otro lado. Por un segundo pareció satisfecha con su lanzamiento. Como si en mitad de todo, por lo menos hubiera algo que seguía estando bien. Algo que tenía sentido. Entonces volvió a recordar la humedad de sus mejillas y su rostro se ensombreció.
- Hex me traicionó - repitió en un murmullo, para sí misma -. Me dejó tirada cuando se suponía que tendría que haber estado cubriéndome la espalda. Asegurándose de que nadie intentaba asesinarme, que es exactamente lo que ha pasado - se acarició la herida de bala del hombro con aire ausente, mientras su pecho volvía a vibrar con esa risa cruel -. Debería haber sabido que se aliaría con ellos. No importa que los cambiaformas sean monstruos sin compasión, ¿verdad, B? Ellos tienen poder y eso es lo único que a Hex le importa. El poder, y nada más. Y si en el proceso mueren todos tus compañeros, no tiene importancia. Es sólo uno de los contras que hay que aceptar. 
Se limpió las lágrimas con la manga de su sudadera y se incorporó, completamente inexpresiva.
- Dime, Beta, ¿para qué coño quiero a alguien como él?
Se recolocó la chaqueta de cuero, cuadró los hombros y se levantó, como si nada hubiera pasado. Un escalofrío se entretuvo con la columna vertebral de Beta mientras ella observaba como Circe pasaba los dedos por su cinturón con sistemática costumbre, comprobando que su Colt seguía descansando sobre la cadera.
Avanzó un par de pasos, y volvió la vista sobre el hombro, esperando a que Beta se moviera. No le cabía la menor duda de que, si las circunstancias fueran diferentes, Circe habría continuado avanzando sin mirar atrás, sin esperarla. Pero no en aquel momento. No con un ejército de Cambiaformas yendo detrás de los pocos humanos que quedaban y, en espacial, del grupo rebelde, del que Circe y Beta formaban parte.
- ¿Mueves el culo o qué, Beta?
Su voz no indicaba que había estado llorando hacía unos segundos. Su mirada volvía a ser dura como una roca. La sonrisa sarcástica había vuelto a bailar en sus labios. Eso era todo lo que había tardado en superar una traición y una ruptura. Unos escasos 10 minutos.
Circe era así, se dijo Beta.